A muchos kilómetros de allí, a alguien le pitan los oídos, y le parecerá increíble, cuando se entere, que hubo una fiesta de despedida para él in-absentia. “Fuera de mi vista, fuera de mi cabeza.”
¿Cuán lejos estará?
Malicia. La malicia fue lo que le dio a sus ancestros mucho de lo que tienen, y por llegar a un sitio libre de sus consecuencias, los padres de él viajaron largamente en barco. Un clima parecido, con las fechas al revés, muchos que hablaban el idioma, y una red de apoyo suficiente para establecerse en una nueva ciudad, “la capital de un reino que nunca existió.”
Luego que su padre y madre tuvieron descendencia, pasaron de ser herederos de una fortuna roja y famosa, a ser una familia más de clase media, indistinguible de las demás familias de inmigrantes, para aquellos que no tuviesen el empeño de investigar qué tan hondo llegaban sus raíces. Y quienes estaban enterrados debajo.
Pero se sentían seguros. Sólo quedaba seguir viviendo esta vida y dejar que pasaran los años, que se olvidaran de nosotros.
A fin de cuentas, hay muchos hermanos que pueden encargarse del negocio familiar –y lo hicieron-, así que nadie en el negocio familiar va a extrañar al que falta. Y ha sido así por más de treinta años.
Y parece que la falta de malicia se hereda erráticamente.
En el equipaje del hijo menor, no hubo corbatas obligatorias ni uniformes de oficina; sólo lo mínimo necesario para viajar por tierra hacia el norte intertropical. Nada de ropas de invierno en agosto, balas de cañón o pensamientos sobre lo que quedó atrás. Sólo lo mínimo imprescindible.
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