Yo también noto un vacÃo (¿quizá más de uno?) entre Sylvia y yo. Detallo el pequeño vaso (me niego a llamarlo shooter) que nos sirvió de intermediario con la botella. Lo tomo con la derecha, evidentemente fascinado por los caracteres cirÃlicos y el logotipo alado que recuerdo haber visto por última vez en La Habana cuando tenÃa 7 años: Aeroflot. No estábamos tomando en cualquier envase run-of-the-mill sin historia alguna. Es una reliquia personal de Sylvia, y nadie más debÃa usarlo (algo asà como mi colección de coches a escala marca Majorette). Un vaso de vodka de la aerolÃnea oficial soviética, circa 1979, supongo. Disfruto de la ironÃa de beber un licor clandestino en un vaso ‘oficial’. No sé si seguir trasegando samogone (el cual conjeturo tan especial como este vaso) o arriesgarme a las consecuencias de beber un trago distinto. Quizá me toque dormir en la oficina; ¿sabrá Cortázar dónde estará la comida para gatos?
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