Dejó de prestar atención a su cigarrillo y habló sin mirarme.
-en serio, ¿qué haces aquí, chico? Éste no es tu destino.
Desvié mi mirada hacia la pared que tenía al frente. ¿Qué le iba a responder?¿”Sí, tienes razón”?
-como habrás visto, - y suelta el humo – este camino está sembrado de cadáveres.
Quizás le faltó decir “y de fantasmas”. Pausa dramática que me permite tomar aire, pero no lo suficiente para preguntar.
-cadáveres, muertos por dentro, que llegaron hasta aquí sacrificando demasiado, y no viven el este trabajo sino como algo fuera de su existencia; como una imposición. Y seguirán rebotando a sitios similares a éste.
Toma otro trago; yo escucho todo cuanto puedo escuchar, como cuando te hablan de algo nuevo de lo cual nunca te habías formulado siquiera una pregunta. “Danzan los esqueletos”.
Parece que el trago se le atoró en la garganta, porque con expresión compungida y la voz más ronca y rasposa continuó.
-quizás hayas viso mentes exquisitas y creativas sepultadas entre montones de papeles, procedimientos y números; y mentalmente se alejan, se protegen, como si estuvieran manejando desperdicios infecciosos. Como para no contagiarse.
En un momento pensé en poner mi mejor cara de “atención al cliente” y responder en tono amigablemente neutro “no dejaré que eso me suceda, señor”, cual botones de hotel de película. Pero esto no es una entrevista.
El señor con la botella de bourbon y dos vasos metálicos guardados en la gaveta grande del escritorio simplemente está sacando a pasear sus propios fantasmas. Estará hablando desde la experiencia, entonces. ¿Qué habrá sacrificado en el altar?
-en algún momento los guantes se rompen.
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