fragmentos

 

paralelas

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No sé cómo demonios llegaste a gustarme; bueno, si lo que yo llamo ‘gustarme’ era el hecho de que te encontraba algo fuera de lo común, como tus ojos (o tus anteojos, o tus pestañas, o la cara de niña), y era como el coleccionista que hace cualquier cosa por tener ese número que le falta, sin que le importe nada más que leerla cerca para mirarla con una cosquillita de privilegio; o el hecho de que primero te tomé a broma, y todo bien, luego en serio, y no entiendo nada.

 

Cuando te conocí ya teníamos algo de tiempo de saber quien eras, y en ese momento se supone que debía recordarte de antes; viniste después del instante posterior a una tormenta, en el que uno sabe que está bien y todo está en su sitio, pero algo falta y sientes los pies sobre la tierra. En fin, que he hablado mucho y no he dicho nada.

Llegaste incluida en el mismo paquete con un gran saco de quebraderos de cabeza: tu amiga que me conoce mucho, demasiado. Y no me importó, pasé por encima de de las puertas y las ventanas hasta el momento más alto que he tenido contigo, sí, allá, en el jardín. Te escondiste como un topo, y cuando nos conseguimos los tres la tierra no quiso abrirse para tragarme.

 

Luego apareciste de nuevo, pero te fuiste borrando a fuerza de ausencia, y la magia de aquel día en el jardín no se nos había concedido. Y me metí en problemas con tu amiga. Y contigo, porque supuse que quedaría en secreto.

Para qué, si no hicimos nada más que embestirte y torearme.

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